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Como cada día, salía de casa de su abuela mamá Rafaela, con la cartera de piel marrón y los calcetines blancos hasta las rodillas. Esa mañana llovía. Hacía la misma operación que había venido haciendo durante tres meses. Paseaba en dirección al colegio, para no levantar sospechas, pero nunca llegaba a entrar. Tan solo lo hizo el primer día, pero no pasó del patio, donde después de dar unos bandazos de unas filas a otras y ser repudiado por los niños allí presentes, decidió que aquel no era su lugar porque no encontraba su sitio. Pensó que nadie lo entendería, así que hizo como si nada.

Vivían en el cortijo de la Mata, pero lo enviaron al pueblo a pasar los meses escolares con la abuela, para poder estudiar y hacerse un hombre de provecho.

Tenía siete años y creo que sabía, que tarde o temprano lo descubrirían. Y en el fondo, muy en el fondo, lo deseaba con todas sus fuerzas. Él no disfrutaba de aquello, ni mucho menos, pero se acostumbró y le daba forma cada día. Consiguió su primer título de vago y maleante, eso para los que no querían entender y preferían las versiones cortas y los atajos, es decir, la mayoría. Aun hoy, después de tantos años, lo recuerda con pena y frustración.Y quizá eso fue lo que mas le doliera, mas incluso que los golpes recibidos, por su padre, con aquel cinturón.
Nadie quiso en su fila al cateto, al diferente, al que nadie conoce. Y ni Don Bernardo, ni Don Pascual se percataron de la situación y tampoco hicieron por entenderla.
Fue precisamente esa mañana lluviosa, la que le delató. Escondió la cartera de piel marrón en la misma alcantarilla de cada día, pero esa mañana llovía a cántaros. La cartera la encontraron los jardineros. Él siempre sospechó de ellos. Quizá por cómo lo miraban cada día, andurreando solo por el pueblo, de un lado a otro. Ese día fue el fin y el principio.

Foto realizada por Jorge Toro para Ojo de Pez.