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Telmilla es una regalo que la vida me ha hecho. Disfruto de ella cada día, siendo plenamente consciente además.Por eso lo vivo con tanta intensidad y por eso me siento tan agradecida y afortunada. Me hace reír desde que nos encontramos por la mañana con todo su repertorio de contentura. Me hace unos bailes que ya quisiera Michael Jackson. Hay días que incluso yo estoy flamenca y entonces le doy volumen a la radio de la cocina y bailo también y su cara mirándome, no tiene precio.

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El paseico mañanero nos termina de espabilar y desfogamos las dos. Y así el desayuno al regreso lo disfrutamos de lo lindo.

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Pero el paseo que mas nos gusta es el de la tarde, porque nos encontramos con sus amigos y se lo pasan pipa.

Después de un año, conocemos a muchos perretes y es precioso ver cómo se reconocen y se saludan en cada encuentro.

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Está hecha toda una exploradora y yo la instigo para que así sea. Me encanta lo intrépida que es, aunque busque mi aprobación con la mirada. Qué bonita cuando me mira como diciendo: ¿puedo bajar por este barranquillo? Y yo le digo: ¡Corre Telma! (con un pellizco,eso sí)) y ella baja que se las pela, con su carilla de entusiasmo.

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Me mira continuamente, debe conocerme mejor que yo misma. Por eso será que es tan oportuna con sus terapéuticos lametones.

Otras veces soy yo la que me la como a besos y entonces suspira y yo me la como.

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Pues eso, que nos encantan los paseicos en el campo y llegamos a casa tan contentas y relajadas.

:)

Fotos  realizadas por Jorge Toro para Ojo de Pez.